Crónica de una vendimia en Beaujolais: el primer día

La alarma del reloj sonó a las seis de la mañana en mi primer día de vendimia en Beaujolais. No me sobresalté porque ya estaba despierta. Cuando tengo una cita importante, el miedo a quedarme dormida es más fuerte que el sueño. Todavía era de noche y hacía frío. Intenté no hacer ruido al levantarme pero las maderas del piso, de la casa en donde me alojé en Juliénas, construida en 1775, no me permitieron lograr mi objetivo.

Había llegado a la región un día antes desde Lyon. El clima de vendimia ya estaba instalado en todas partes. Por las calles se veían tractores y camiones transportando uva. El pueblo, en donde durante el año viven 800 personas, estaba lleno de trabajadores temporales. No hay mercados a una distancia cercana pero las panaderías —boulangeries en francés— venden alimentos sencillos, como pastas, pizzas, fiambres y quesos, para colmar las necesidades de los visitantes. La mayoría de los vendimiadores se alojan en campings o en espacios que las bodegas disponen para que armen sus carpas.

El paisaje parece un cuadro, se ven viñedos en todas las direcciones y pequeños pueblos, cada uno con su iglesia. Las superficies son onduladas y se distinguen algunas colinas de mayor importancia. En Beaujolais la principal variedad es la Gamay Noir, una cepa cuyos racimos son pequeños y las bayas, dulces y sabrosas. Los vinos elaborados con esta cepa tienen un marcado carácter frutal. En la región también hay algunas hectáreas de Chardonnay con el que se elabora el Beaujolais Blanc.

El viñedo donde trabajé, perteneciente al Domaine Thibault Liger-Belair, se encuentra en Chénas, el más pequeño en tamaño de los diez Cru de Beaujolais. Desde Juliénas, que es otro de los Cru, hasta mi lugar de trabajo hay 4 kilómetros que cada mañana y cada tarde recorrí en una bicicleta que me prestaron. Disfruté mucho de los pequeños rituales diarios en este trayecto: saludar a los vendimiadores de una bodega que quedaba de paso, dejar de pedalear en la bajada y disfrutar del aire fresco, la vista desde las zonas altas.

Por las mañanas una niebla espesa cubre las viñas y en el horizonte solo se ven los contornos de la tierra. Amanece cerca de las ocho en esta época del año y a esta hora el viñedo está húmedo y frío. El grupo de vendimiadores estaba compuesto por 25 personas. La mayoría eran franceses de todas partes del país, había una pareja de polacos y yo, “l’uruguayenne”.

No hubo indicaciones previas, todos tomaron una tijera y un balde y empezaron a cortar la fila que les era asignada. Yo hice lo mismo. Mis compañeros eran más rápidos, se notaba que no era su primera vendimia. Intenté seguirles el ritmo y la tijera rozó la punta de mis dedos. Continué mi trabajo prestando más atención, buscando el lugar exacto donde hacer el corte.

El sistema de conducción elegido en Beaujolais es el vaso. Las plantas tienen muy poca altura y algunos racimos están casi en el suelo. Esto hace que la vendimia sea muy difícil, hay que agacharse o arrodillarse para cortar la uva. También al no tener guías, la planta crece libre, por lo tanto, algunos racimos permanecen ocultos entre las hojas.

Algunas plantas tienen pocas uvas. Este año solo se pudieron vendimiar la mitad de las hectáreas que pertenecen a la bodega. El mal clima durante el año devastó la mitad restante. Las pérdidas son muy grandes. Los viticultores están acostumbrados a estas posibilidades, no por eso es más sencillo cuando sucede.

Luego de algunas horas en el viñedo hicimos una pausa. Había perdido la noción del tiempo y no sabía qué hora era. En una mesa, dispuesta en un camino al costado de la viña, había quesos, fiambres, pan y chocolate. Era el momento de desayunar. Para beber las opciones eran café, té, vino y agua. Más tarde, luego de terminar de vendimiar una parcela, sería la hora de volver a la bodega y sentarnos a la mesa a disfrutar una comida de tres platos. No todas las bodegas ofrecen alimentos a sus empleados durante la vendimia. Para los trabajadores, además de brindar una solución y algo menos en lo que pensar en las intensas jornadas de esta época, es una excelente ocasión para interactuar. En estos espacios conocí a una pareja que hablaba español, a un grupo de parisinos con los que me comuniqué en portugués y a un joven, del sur de Francia, con quien dialogué en inglés.

Las últimas horas de la tarde son las más duras. El cuerpo ya está cansado, el dolor en la espalda y en las piernas se agudiza. Mis compañeros hablaban entre sí, se reían, cantaban. Los acentos, muy marcados según me contaron ellos mismos, pertenecían a distintas regiones de Francia. Me costaba mucho entenderles. Por eso me concentré en la viña, en no cortarme los dedos, en trabajar rápido para no quedarme atrás y en no dejar ni un racimo sin vendimiar.

By | 2017-07-04T17:28:59+00:00 October 8th, 2016|Beaujolais, Francia, Historias de Viaje|

About the Author:

Mi nombre es Gabriela y soy la autora de este blog. Soy escritora y sommelière. Viajo lento por las regiones vitivinícolas del mundo en busca de hermosos paisajes, historias que contar y vinos únicos.