Crónica de una vendimia en Beaujolais: mi experiencia

Después de mi primer día de vendimia en Beaujolais necesitaba un descanso. Solo una jornada cortando uva y ya me dolía cada rincón del cuerpo. Mi objetivo era llegar hasta el final pero, ¿cómo iba a cumplirlo si casi no podía moverme? Tampoco sabía cuántos días más tendría que ir a la bodega, no había una fecha marcada de culminación, dependía del clima, de la rapidez de los vendimiadores y de la uva, que debía llegar al punto justo de maduración para ser vendimiada. Había soñado tanto con este momento, con vivir la experiencia, con estar en ese lugar… no podía abandonar.

En la noche, las horas de sueño pasaban demasiado rápido, el dolor era intenso y punzante, me costaba moverme. Antes de que amaneciera debía estar de nuevo en pie, un nuevo día en la viña me esperaba. Pronto comprendí que no sabía nada de vendimias, ni de trabajos en el campo. Podía imaginarme cuán difíciles eran, lo había escuchado muchas veces en boca de otros, el esfuerzo que implicaba, el deterioro del cuerpo, pero, claro, vivirlo es otra historia.

La rutina era similar cada día. Las jornadas eran de diez horas, en las que se trabajaban ocho mientras que en las restantes dos ocurrían los descansos y las pausas para comer. A las 7.30 am nos reuníamos en la bodega y nos trasladábamos hasta el viñedo en tres camionetas, una de ellas transportaba las tijeras —sécateur en francés—, los baldes para recolectar la uva y los bidones de agua para beber. Un tractor con zorra nos acompañaba; en él, al final de la tarde, viajaba la cosecha. La primera parcela de la mañana siempre quedaba lejos de la bodega, por este motivo el horario oficial de comienzo era a las 8 am. En toda la región se veían escenas similares. Grupos de personas de todas las edades y nacionalidades, entre los viñedos, listos para comenzar con la tarea.

Los vendimiadores ya conocíamos la dinámica y tras llegar al lugar, seleccionado por el encargado, comenzábamos a trabajar. En un balde cada uno colocaba los racimos de uva que cortaba. Había que tratarlos de forma delicada para no quebrar las cascaras y así evitar que la fermentación se adelante. En algunas parcelas se seleccionaban los racimos. Había que observar los granos y cortar partes que no estuviesen en óptimas condiciones. Cuando el balde estaba lleno se vaciaba en cajones que los porter —así llaman a quienes ocupan este puesto de trabajo— llevaban de a tres, en sus espaldas, hasta el camión.

Con el correr de los días el dolor inicial había mutado a un estado de desgaste. Lo noté en mí y en el resto del grupo, en sus estados de ánimo y, también, en el ambiente. Todos estaban irritables, caminaban lento, no eran tan eficientes como los primeros días, fumaban más y demoraban los momentos de descanso. Incluso hubo peleas, motivadas por la mezcla de alcohol y fatiga, que terminaron en lecciones de conducta por parte del dueño de la bodega. Respect le vendange. Respeten la vendimia, nos dijo con voz firme y así terminó su discurso. Luego del incidente ya no hubo vino en las mesas, el grupo pagó por los errores de unos pocos.

La mayoría de mis compañeros se quedaba en un camping cercano; el resto, en sus casas. Yo me alojé en la casa de Corinne, en Juliénas, y aunque me hubiese gustado vivir los momentos de vendimia fuera del viñedo, por la misma cantidad de dinero tenía un techo y estaba resguardada del frío intenso de las noches de Beaujolais.

Nos avisaron la fecha de finalización de la vendimia con dos días de anticipación y coincidía con mi cumpleaños. Ese día, por la tarde, cuando ya no había más uvas por vendimiar, todos aplaudieron felices porque el trabajo había finalizado con éxito. Hubo un brindis, no con Beaujolais sino con Crémant de Loire, acompañado por platos locales. Cuando dejé la bodega pensé en lo afortunada que era de haber vivido esa experiencia y también en lo difícil que había sido. Las pasiones tienen una característica en común y es que son complicadas de explicar, porque a pesar del dolor en la espalda, de los cortes en las piernas debido al roce con las plantas, de las manos ásperas y de las horas de sueño perdidas, no dejo de pensar dónde será mi próxima vendimia.

By | 2017-09-15T19:02:15+00:00 December 12th, 2016|Beaujolais, Francia, Historias de Viaje, Ródano-Alpes|

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Mi nombre es Gabriela y soy la autora de este blog. Soy escritora y sommelière. Viajo lento por las regiones vitivinícolas del mundo en busca de hermosos paisajes, historias que contar y vinos únicos.