El otro Brasil

Brasil es un país que siento muy cercano por varios motivos. Mi papá nació en Ijuí, una ciudad ubicada al norte del estado de Río Grande del Sur. Allí viven mi tía y mis primos. También tengo familia en Porto Alegre. Cuando era niña viajé muchas veces a estas ciudades. Jugaba con mis primas que me enseñaron a sambar y a hablar el idioma, comía feijão com arroz, cuca com farofa, que me hacía mi tía, y tomaba mucho guaraná.

Hace unos años conocí a mi esposo, nacido en la ciudad de Artigas, frontera de Uruguay con Brasil, y mi contacto con el país del samba y el fútbol creció aún más. Frases en portugués —o portuñol—, la música —mis preferidos forró y pagode— y el carnaval forman parte de mi vida.

También disfruté de vacaciones en Florianópolis, Bombas y Bombinhas, Recife y Salvador, siempre como turista y sin alejarme de la costa. Aguas cristalinas, arena blanca, queijo coalho —assado na hora—, milho, castanhas de caju y caipirinha, son algunos de los grandes placeres que se encuentran en las playas brasileras.

Pero Brasil es grande —gigante— y diverso. En quinientos kilómetros de sierra descubrí una parte del otro Brasil, el que no tiene mar pero sí ríos y arroyos, cascadas y puentes, y mucho verde. En la Serra Gaúcha la ruta pasa entre los cerros, las curvas son peligrosas y hay que desplazarse a baja velocidad. El tránsito pesado hace que el viaje sea más largo. También hay que detenerse por accidentes o porque están reparando el camino. Pero el paisaje lo compensa todo.

A lo largo de la ruta 116, desde el norte rumbo a Bento Gonçalves, pueden verse algunos viñedos, en su mayoría utilizando el parral como sistema de conducción de la vid. Con este método la planta queda horizontal al terreno, el follaje por encima de los alambres y, por debajo, los racimos. Esto permite que la exposición al sol de los granos sea menor, motivo por el que se utiliza en regiones con temperaturas altas y, en su mayoría, para uva de mesa.

Bento Gonçalves es la capital vitivinícola de Brasil y fue la meta final en mi recorrido por la Serra Gaúcha. La ciudad creció con la llegada de los inmigrantes italianos en 1875. Ellos comenzaron con el cultivo de la vid en la zona. Por las calles se puede apreciar la cultura del vino y el orgullo que sienten por sus productos, reflejado en cartelería sobre bodegas, invitaciones a paseos enoturísticos y veredas con dibujos de vides.

Las calles son empinadas, no vi ningún ciclista durante mi estadía, me imagino lo duro que debe ser pedalear en la ciudad. Sí vi muros pintados con arte urbano, plazas con juegos para niños y vegetación entre el cemento.

Los Caminhos de Pedra es una atracción turística que queda a pocos kilómetros del centro de la ciudad. Allí se encuentran restaurantes, bodegas, venta de productos artesanales y piedras preciosas. Un lugar pensado para conservar las costumbres de los inmigrantes.

La Cantina Strapazzon es uno de los lugares que se puede visitar en los Caminhos de Pedra. En este lugar hay una casa antigua de piedra, con piso de barro, que fue la primera construcción que realizó la familia Strapazzon al llegar a tierras gauchas. La edificación se ha utilizado en películas, series y novelas.

Cerca de los Caminhos de Pedra, rumbo a Pinto Bandeira, encontré este mirador. Podía verse la ciudad, una cascada escondida entre los árboles, contrastes de verde y el cielo infinito. En esta estructura de madera —con un poco de vértigo—, observando todo lo que podían ver mis ojos, pensé en lo gratificante que es conocer lugares nuevos y descubrir lo otro, lo que nos sorprende.

By | 2017-06-14T19:21:59+00:00 January 30th, 2016|Brasil, Historias de viaje|

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Mi nombre es Gabriela y soy la autora de este blog. Soy escritora y sommelier. Viajo lento por las regiones vitivinícolas del mundo en busca de hermosos paisajes, historias y vinos únicos.